La rutina

... le consume. Se ha apoderado de el, de su alma, de su estomago como centro neurálgico de sus emociones, es decir del curso de su vida. Esta inmerso en un lodo putrefacto que le retiene, le impide respirar o pensar con claridad. Pensar. Que pesado resulta agitar la mente. Pero para eso tenemos a nuestra amiga la rutina.

Abre la puerta de casa. Entra, cuelga tu sombrero y tu abrigo. Ve al cuarto de baño y desnudate. Toma una ducha caliente mientras te lavas los dientes. Seca tu cuerpo. Empapa la mano derecha con tu aliento, para comprobar la eficiencia del ultimo modelo de pasta dentífrica fluorada.

Una cerveza te espera en la nevera. Acomodate en el sofá y disfruta de tu nueva serie favorita. Ahora solo tienes que esperar. En unas horas calentaras lasaña en el microondas, cenaras, y te recostaras en el sofá pensando "ya limpiara mañana la chica". Y es curioso y extraño que la llames " la chica" y que pienses en ella con cierta naturalidad, porque no conoces a tu asistenta. No sabes si es alta o baja, gorda o delgada, guapa o fea, no conoces su tono de voz, su nombre. Tienes, en sustitucion, una serie de digitos rematados por dos letras. Ah y el numero de teléfono de la empresa. El pago es domiciliado por supuesto. El tiempo del sobre en la mesa del comedor ha quedado atrás, ahora recordado como algo impúdico y vergonzoso.

Introduciendonos


Robert no era el mas alto, ni el mas guapo de la oficina. Cada mañana, intentaba vestir con elegancia. Cada día se despertaba antes. Derrochaba tiempo en lavarse, afeitarse, maquillarse.

Mira fijamente al espejo, sonríe falsamente.

Se ve caminando con gracia, saliendo del suburbano con aires renacentistas. Saluda al portero mientras entra en el edificio mas alto del centro corporativo.

Un chico feliz. Al que quieren y admiran.

Cuanto tarda en llegar el ascensor a lo mas alto. Las secretarias a su paso sonrientes, tapan ligeramente el micro rozando por un momento sus labios.

Su despacho sin apenas mobiliario, rodeado por grandes ventanales que le muestran las entrañas de la ciudad.

Solo hace falta un parpadeo o un leve picor en el cuello para que Robert vuelva a verse en el espejo... tal y como es. Y no es que Robert sea un cretino. El defecto no reside en lo que ve, mas bien radica en como lo ve. Un defecto este muy común en esta ciudad. Un lastre que acompañara a Robert, encauzando, sin que el sea consciente, su historia. Claro que, a veces, la espuela que nos hiere y empuja nuestras acciones proviene de los rincones mas oscuros y sucios de nuestro interior.

Tras la ilusión del espejo, el café amargo y el viaje por el suburbano, el resto del día se resume en 10 horas de soledad. Hace tiempo que la rutina...